¿Por qué los líderes eficaces son tachados de problemáticos?
Por Luis Velásquez
Liderazgo y Gestión de Personal
Harvard Business Review
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Resumen. Cuando un líder genera fricción, las organizaciones suelen recurrir a una única explicación: el líder necesita cambiar. En realidad, esa fricción generalmente proviene de una o una combinación de cuatro fuentes diferentes: capacidad, percepción,identidad o sistema. Dado que superficialmente se parecen, las organizaciones tienden a agruparlos bajo una misma categoría, el comportamiento, y toman decisiones trascendentales basándose en esa suposición. El costo no se limita al desarrollo ineficaz. Se traduce en decisiones de promoción erróneas, estancamiento en la sucesión y la pérdida silenciosa de líderes de alto impacto a quienes se tacha de "difíciles" cuando, en realidad, se les malinterpreta.
Una ejecutiva del sector de la alta tecnología a la que asesoré, Anna*, recibió la advertencia de que tenía un "punto ciego" apenas un año después de asumir su cargo. Su director general admiraba su determinación, respetaba su claridad y valoraba su confianza. Al mismo tiempo, comenzó a recibir quejas, que rápidamente le transmitió a Anna. El patrón era evidente: "Se mueve demasiado rápido". "Toma decisiones antes de que el resto estemos preparados". "Siempre estamos intentando ponernos al día".
Anna se tomó en serio las críticas, ajustó su enfoque, pero nada cambió. Fue entonces cuando me involucraron. Tras varias entrevistas con las partes interesadas, algo quedó claro: su falta de decisión no era el problema. Su empresa había normalizado el exceso de consenso. La rapidez no se valoraba; se interpretaba como imprudencia, y la urgencia como inflexibilidad. Su decisión no creaba fricción, sino que la ponía al descubierto.
La experiencia de Anna no es inusual. Veo esta dinámica con frecuencia entre los altos directivos a quienes he asesorado. A un líder se le dice que “actúe de manera diferente”, “sea más estratégico” o “baje el ritmo”. Cuando intentan adaptarse, nada cambia. La retroalimentación sigue siendo la misma; el discurso sigue siendo el mismo.
El resultado es predecible. El líder se frustra, mientras que la organización empieza a cuestionar la idoneidad del puesto, a elaborar planes de mejora del desempeño y, en muchos casos, a planificar discretamente un reemplazo. La pregunta más importante es si la organización está diagnosticando correctamente el problema.
La trampa de la evaluación: un riesgo estratégico
Las organizaciones no pierden a sus grandes líderes porque sean difíciles, sino porque diagnostican erróneamente qué los hace difíciles. A esto lo llamo la trampa de la evaluación.
En las evaluaciones de talento, los líderes suelen hacer preguntas como: "¿Por qué este líder pasó de ser sólido a tener dificultades?" o "¿Qué necesita cambiar?". Las respuestas casi siempre coinciden en lo mismo: un comportamiento que debe corregirse.
El problema no radica en la falta de datos, sino en cómo se interpretan. Las organizaciones tienden a centrarse en lo más visible —el comportamiento—, mientras que el contexto que lo moldea resulta más difícil de percibir. Esto refleja un sesgo bien documentado : atribuimos en exceso los resultados a los individuos y subestimamos el entorno que los rodea. Los modelos de competencias refuerzan este patrón. Traducen la compleja dinámica del liderazgo a un lenguaje conductual, útil pero incompleto. Con el tiempo, el comportamiento se convierte en el criterio principal para toda evaluación. Si surge algún problema, la conclusión es simple: el líder es el problema.
Y cuando esa suposición es errónea, las consecuencias son significativas. Las organizaciones no solo malinterpretan a los líderes, sino que toman decisiones equivocadas sobre ascensos, desarrollo y retención. Los líderes con mayor probabilidad de caer en esta trampa no son los de bajo rendimiento. A menudo son aquellos de quienes la organización más depende: personas productivas, altamente capacitadas y frecuentemente descritas como «brillantes, pero…».
Las consecuencias de un diagnóstico erróneo
Un diagnóstico erróneo no es solo una interpretación equivocada, sino una decisión que impacta al líder. Una vez que un líder es etiquetado incorrectamente, cada decisión posterior refuerza esa etiqueta, lo que conlleva graves consecuencias.
Al líder
Los líderes invierten tiempo y energía en intentar solucionar problemas que en realidad no existen, reprimiendo a menudo las mismas fortalezas que los hicieron eficaces. Esto genera una erosión silenciosa de la confianza y la claridad. Algunos líderes empiezan a dudar de sus instintos y se adaptan de maneras que los hacen menos efectivos. Muchos terminan por desvincularse, rendirse, marcharse o ser despedidos.
A la organización
Las decisiones de promoción se inclinan hacia perfiles más seguros y familiares. Los líderes de alto impacto se ven limitados. A los líderes fuertes y eficaces se les pide que moderen su impacto en lugar de aumentarlo. Con el tiempo, esto genera un cambio: las organizaciones comienzan a priorizar la alineación cómoda sobre la fricción incómoda.
Las cuatro fuentes de fricción en el liderazgo
Cuando un líder genera fricción, las organizaciones suelen llegar a una única conclusión: el líder necesita cambiar. Sin embargo, esa fricción rara vez proviene de una sola fuente. A menudo se debe a una combinación de factores, pero en la mayoría de los casos, uno es el principal. El problema radica en que estas fuentes pueden parecer casi idénticas en la superficie. Un mismo comportamiento puede indicar problemas subyacentes muy diferentes según el contexto.
Sin distinguir qué es lo primordial, las organizaciones corren el riesgo de abordar los síntomas en lugar de las causas, y de reforzar la misma fricción que intentan resolver.
1. Un verdadero déficit de habilidades
A veces, la explicación más sencilla es la correcta: el líder tiene una carencia de habilidades. Puede que tenga dificultades para priorizar, o que necesite comunicarse con mayor claridad o delegar de forma más consistente.
Los líderes de esta categoría suelen decir: «No me había dado cuenta de que eso importaba», o «No tenía ni idea del impacto que estaba teniendo», o «No sé cómo…». Los equipos dicen: «Lo están intentando, pero aún no lo han conseguido».
Este es el problema principal cuando:
- Este comportamiento se observa de forma consistente en diferentes contextos.
- Diversas partes interesadas informan de experiencias recientes de primera mano.
- El líder no puede demostrar esa capacidad en otros ámbitos.
En mi experiencia asesorando a altos directivos, esta situación representa la minoría en ese nivel. La falta de capacidad en la alta dirección no suele ser el problema, pero es la causa a la que las organizaciones recurren con mayor frecuencia.
2. Reputación histórica
En una ocasión, asesoré a una alta directiva que había sido rechazada para un ascenso en dos ocasiones. Su gerente la apoyaba, pero el comité de ascensos la rechazaba repetidamente. Durante las entrevistas, un miembro del comité admitió no haber trabajado de cerca con ella en casi ocho años. La retroalimentación que la frenaba se basaba en recuerdos obsoletos. A esto lo llamo deriva organizacional: cuando el sistema se apoya en narrativas desactualizadas en lugar de evidencia actual.
Este es el problema principal cuando:
- Las opiniones se basan en la reputación histórica, no en pruebas recientes.
- Actualmente, las partes interesadas carecen de interacción con el líder.
- El lenguaje utilizado es generalizado y perdura en el tiempo.
Con el tiempo, estas etiquetas se afianzan, incluso cuando el comportamiento evoluciona. Las partes interesadas se basan en la memoria, no en la evidencia, y quienes tienen una interacción limitada suelen ejercer una influencia desproporcionada.
Cuando el líder se esfuerza por autocorregirse, la percepción no cambia. El cambio de comportamiento no soluciona esto porque el problema radica en la memoria organizacional, no en la capacidad. Somos rigurosos con el desempeño, pero las investigaciones señalan que, si bien las medidas objetivas tienden a eliminar el sesgo, las evaluaciones subjetivas (como los comportamientos de liderazgo) son más vulnerables al sesgo y generan inconsistencia entre los líderes.
3. Sobreextensión de la identidad
Muchos desafíos de liderazgo se diagnostican erróneamente como falta de habilidades, cuando en realidad el problema radica en el uso excesivo de las fortalezas. La capacidad que antes garantizaba el éxito de un líder comienza a limitarlo por su uso excesivo o en un contexto que requiere algo diferente. Existe un patrón predecible: una fortaleza se convierte en hábito, se recompensa, el hábito se convierte en identidad y, finalmente, esa identidad se convierte en una limitación.
Por ejemplo, un ejecutivo con carácter decisivo es percibido como controlador. La organización responde con frases como «debes cambiar tu comportamiento», como «deja de controlar» o «empodera a tu equipo». Sin embargo, el problema no radica en la falta de habilidades, sino en el exceso de atribución de la identidad. El enfoque que funcionó en el Nivel N resulta insuficiente en el Nivel N+1. Si no se distingue entre una deficiencia y una limitación de la identidad, se le estará indicando al líder que corrija el problema equivocado.
Este es el problema principal cuando:
- Este comportamiento es una fortaleza conocida llevada al extremo.
- El líder puede demostrar tener alcance, pero no lo aplica donde se necesita.
- El problema aparece en un nuevo nivel, rol o contexto (N → N+1).
En muchos casos, la organización recompensa el comportamiento al principio y luego lo cuestiona.
4. El sistema como obstáculo
Esta es la trampa más incomprendida. Lo que parece un problema de comportamiento suele ser una limitación sistémica —cultura, estructuras, recursos, incentivos— que obstaculiza los esfuerzos del líder. El líder parece problemático porque el sistema se resiste a él. Este es un error peligroso: el líder está dispuesto a cambiar, pero el sistema dificulta o hace arriesgado el cambio.
La organización dice que quiere una cosa, pero recompensa otra. A un líder se le pide que piense estratégicamente, pero se le evalúa en función de los resultados a corto plazo. Se le pide que delegue, pero no cuenta con un equipo competente.
Este es el problema principal cuando:
- Este comportamiento no se corresponde con el funcionamiento real del sistema.
- Los incentivos, los recursos, las normas o los derechos de decisión contradicen las expectativas.
- Existe una clara razón sistémica que bloquea el cambio de comportamiento.
Esto es lo que le pasó a Anna. Su determinación se interpretó como un defecto personal porque incomodaba a los demás por su propia lentitud. En realidad, el sistema tenía un punto ciego. Lo que parece resistencia suele ser un mecanismo de autoprotección organizacional. En este caso, el problema no es el desempeño, sino el sistema.
Esto no exime de responsabilidad al líder, sino que la refuerza al garantizar que le exijamos responsabilidades por el problema correcto.
Cómo diagnosticar el problema correcto
Cuando el comportamiento de un líder se vuelve problemático, las organizaciones suelen partir de la pregunta equivocada: ¿Qué comportamiento debe cambiar este líder? Esto da por sentado que el diagnóstico es correcto. A continuación, se explica cómo identificar la verdadera causa del conflicto.
1. Céntrese en ejemplos específicos.
La confianza en una crítica suele depender de la repetición, no de la precisión. Evitemos los resúmenes subjetivos como «son demasiado agresivos». En cambio, centremos la evaluación en momentos específicos.
Pregunte a las partes interesadas: “Cuéntenme cómo fue la última vez que surgió este problema. ¿Cuál fue la decisión exacta que se tomó y dónde falló la ejecución?”
2. Validar la actualidad de los datos.
Las conversaciones de calibración a menudo evalúan a los líderes mirando hacia atrás. Establezca un plazo estricto para la retroalimentación.
Pregúntales a los detractores: "¿En los últimos seis meses, has experimentado esto personalmente?". Esto evita que narrativas obsoletas obstaculicen el ascenso de un líder.
3. Distinga entre una falta de habilidades y una sobrecarga de trabajo.
No todos los comportamientos problemáticos reflejan falta de habilidad. En lugar de intentar corregir o reprimir un comportamiento, conviene ampliar el margen de maniobra del líder, ayudándole a ajustar la intensidad según el contexto.
Pregunte a las partes interesadas: "¿En qué situaciones ya operan con un enfoque diferente y cómo pueden aplicar esa experiencia aquí?"
4. Retoma la conversación con el líder.
Su función como líder empresarial no es eliminar la responsabilidad, sino clarificarla.
Prueba esta conversación: “Antes de decidir qué cambiar, necesitamos entender qué es lo que motiva esto. ¿Se trata de una habilidad que falta, un problema de interpretación o una respuesta racional al entorno? Cada caso requiere una respuesta diferente de ambos”.
Una forma sencilla de diferenciar:
- Si el comportamiento es consistente, reciente y observable → probablemente se trate de una brecha de habilidades.
- Si la retroalimentación está desactualizada o es de segunda mano → probable desviación organizacional
- Si el rendimiento es bueno pero la fricción persiste → es probable que haya sobreextensión.
- Si el líder intenta cambiar, pero el entorno dificulta o hace insostenible ese cambio, probablemente se trate de un problema sistémico.
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En última instancia, toda decisión sobre el talento se basa en el diagnóstico inicial. Si se parte de la base de que el líder es siempre el factor que hay que corregir, se exime al sistema de su responsabilidad y se corre el riesgo de neutralizar las fortalezas que hacen que los líderes más valiosos sean eficaces.
El costo de un diagnóstico erróneo no se limita al desarrollo ineficaz, sino que implica tomar decisiones de liderazgo equivocadas de forma sistemática. Antes de preguntar cómo corregir al líder, plantéese una pregunta más compleja: ¿Y si el problema no es el líder, sino su diagnóstico?
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Luis Velásquez es coach ejecutivo, fundador y socio gerente de Velas Coaching LLC, y autor de Ordinary Resilience: Rethinking How Effective Leaders Adapt and Thrive (Lioncrest, 2024).